Vecinos

Todavía no he terminado de leer la primera novela de la serie de Elena Ferrante, pero ya tengo varias ideas para que nosotras, sí, las que siempre somos nosotras, nos pongamos en marcha con algún ejercicio de escritura creativa.

A mí me apetece mucho escribir sobre mis vecinos. Hace años que no vivo en un edificio con vecinos pero ahora, tras la lectura de los primeros capítulos de La amiga estupenda, me estoy sorprendiendo a mí misma pensando más de una vez al día sobre los vecinos que tuve de niña y los que no tengo ahora. Bueno, en realidad, sigo teniendo vecinos pero ya no me los encuentro al subir o bajar la escalera, al salir al rellano para ver si a todos se les ha ido la luz o al asomarme a la ventana para ver quién ha tendido una toalla chorreando. Llevada por esta tendencia tan poco sana de comparar nuestras infancias a las de nuestra prole, me pregunto qué tipo de experiencias se estará perdiendo mi hijo al no poder disfrutar del placer de pulsar todos los botones del portero automático a la vez y salir escapando a cien por hora de una regañina segura ni del olor a limpio de una escalera recién fregada.

Así que me he puesto a escribir. Mis vecinos, mis miedos, mis recuerdos de una casa de vecinos en un arrabal de Madrid.

¿Alguien más se anima?

Volver

elenaferranteEsta semana volvemos. Las de siempre y algunas más. La novela elegida es La amiga estupenda de Elena Ferrante, Se trata de la primera entrega de la tetralogía, y no trilogía como bien apunta Lucilla, Novelas napolitanas. El misterio que rodea a su autora no es el único motivo por el que estas novelas han ido conquistando los ojos de miles de lectores en todo el mundo. Los temas que aborda son universales; sus personajes, cercanos; su lectura, provocadora.

Seguro que Siempre somos nosotras renace con las ideas, sentimientos y relatos que nos inspiren esta novela y las siguientes.

La historia del amor

A sugerencia de Maite Lama, vamos a empezar por contar aquí cuales son las novelas cuyos inicios nos engancharon y el porqué ………… así que ánimo y a ello

Mi vida querida

A la vista de que escribir como Alice Munro no es nada fácil, vamos a empezar con algo más sencillo. En esta hoja de cálculo podemos ir poniendo lo que se nos vaya ocurriendo al leer cada uno de los relatos de Mi vida querida.

A ver si nos animamos, ¿eh?

Contrarretrato

Un día te levantas, miras el móvil donde te espera un mensaje de WhatsApp de una persona a la que no has visto en tu vida. Te manda flores y nubes, y sonríes encantada. Años atrás te habrías asustado, lo habrías escondido de la mirada de tu marido. Lo habrías borrado y negado todo. Pero ahora ya no tienes marido. Por no tener, no tienes ni novio. Quizá tampoco tengas ya vergüenza.

Te vistes. Gracias a tu compañera de piso, quien considera que la elegancia no está reñida con el estilo informal, has renovado todo tu vestuario con colores más alegres que los que te han caracterizado la mayor parte de tu vida: rosa, azul, violeta, amarillo. Sí, un poco tumach para Madrid, pero excelente para cualquier otro lugar, incluso para tu casa. Y te ves más guapa que nunca porque la arruga llevada con elegancia es prueba de que estás viva.

Claro que —¿para qué lo vas a negar?— algunas partes de tu cuerpo empiezan a estar en decadencia y tus formas se han redondeado un poco en exceso durante este último invierno. Pero, como otra amiga bien dice “si no tienes mucho por delante para admirar, las posaderas debes cultivar”.

Pero, bueno, que te descentras.

Te haces un café. Miras por la ventana para averiguar qué tiempo va a hacer y ves al vecino exhibicionista de siempre con su trajín mañanero. ¿No se cansará el tío de que nadie le preste atención? Piensas en su mujer y no te explicas por qué o para qué. Pero este callejón en el que vives está lleno de misterios. Y todavía tienes mucho tiempo para descubrirlos.

Mientras, en tu programa favorito de radio hablan una lengua que, a pesar de los años que llevas escuchándola, no es tuya del todo todavía. Pero sonríes. Como cuando te pidieron el otro día por teléfono el tipo de tarjeta que ibas a utilizar y en lugar de “card” entendiste “car”, y te pusiste a contarle al pobre que te atendía el color, el año y la marca de tu coche. No le comentaste lo sucio que estaba por dentro porque te diste cuenta de que ibas a llegar tarde al cine. No, ahora que lo piensas bien no fue por eso, sino porque el hombre te interrumpió muy cortésmente diciéndote “¿VISA o Mastercard?”

Pero también sonríes porque ese acento tuyo (tan sexy, según algunos) cuando hablas inglés te ha aportado algún que otro admirador, eso sí, todos pertenecientes al mundo de la reparación y el mantenimiento de automóviles. No hay duda: despiertas su compasión (y alguna cosas más que ahora prefieres no recordar).

Evidentemente, no siempre se trata de que no QUIERAS recordar sino que simplemente no PUEDES hacerlo. Pero el olvido también te ha permitido seguir adelante, construir una nueva vida más de una vez —quizá demasiadas— y no guardar rencor. Bueno, no guardar demasiado rencor, que todavía no has perdido la memoria para siempre. Pero mejor aún: la cantidad de experiencias que has tenido te han agudizado el ingenio, y con éste te resulta fácil contrarrestar la falta de memoria. Si no sabes algo, lo aceptas (o te lo inventas). Total, hace mucho que te has dado cuenta de que es más lo que no sabes que lo que sabes. Y a los otros les pasa lo mismo.

Y en los viajes tienes la suerte de que nunca te acompañan pesados compañeros de trabajo que ni tras mil copas de vino se atreven a decirte “Sos tremenda y podría llegar a quererte mucho”. En los viajes, eliges tú a tu acompañante. Uno, si puede ser, bien dotado, o mejor dicho, bien entregado, que lleve ordenador pero no para skypear con su novia allende los mares sino para utilizarlo como excusa para secuestrarte en su habitación. Uno que quiera ducharte por dentro y por fuera, y que no se canse nunca de hacerlo. Uno que sólo te deje marchar de la habitación, y de la relación, completamente feliz.

Y tú sabes lo que pasa. Y lo que pasa es que ya no cumplirás más los cuarenta.

Y sonríes.

–Gracias, Gema, por darme la idea, la estructura y la inspiración para este contrarretrato.

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La percepción de sí mismas

Interesante vídeo sobre cómo nos vemos y cómo nos retratamos, cortesía de Lucilla Trapazzo.

La percezione di se stesse…

Retrato

Un día te levantas, te miras en el espejo y tienes un pliegue en la cara que no tenías el día anterior al acostarte, lo identificas rápidamente, es el que se te forma en el labio cuando pones la cabeza en la almohada y apoyas el brazo contra la cara sabes que, a partir de ahora, siempre te recibirá por la mañana, igual que los otros que has ido descubriendo desde hace unos años. Consideras la posibilidad de, después de tantos años, acostumbrarte a dormir boca arriba y atarte los brazos a la espalda, por la noche estos cobran  vida propia y se posan sobre tu cara sin ninguna consideración y mira tú las consecuencias.

Te vistes, desde hace un tiempo las medias tropiezan en la cintura y este tropiezo es resistente a cualquier dieta, esperemos que no lo sea al quirófano.

Es tu programa preferido de la radio, José Ramón Pardo pone canciones de Karina y Camilo Sesto, se te alegra la mañana, te las sabes todas,  sin embargo tardas una semana en acordarte del nombre de:

Esaactrizaustralianatanaltaqueestuvocasadaconeseactoramericanotanfamososiesedeesapelicula

quesellamaba…………queaparecianunosqueadivinabanloscrimenesdelfuturo,si,esa

Te vas con un compañero de viaje de trabajo, dos días solos a 600 kilómetros de casa, él y tú, os vais de cena después de una dura jornada, un restaurante bonito, intimo, un poco de vino, volvéis al hotel dando un paseo, llegáis al hotel, el se sube corriendo a la habitación porque tiene que hablar con su mujer y sus hijos por skype,  ¿ni siquiera una insinuación, un intento?, vuelves a casa donde tu marido, conocedor de la situación en la que viajaste, no se ha preocupado en absoluto, ni sombra de duda, está tranquilo, con esa tranquilidad tan ofensiva.

Y tú sabes lo que pasa y lo que pasa es que ya no cumplirás más los cuarenta[i]

[i] Ni los cuarenta y cinco, ni siquiera los cuarenta y siete

Impresiones

No sé si lo de escribir un retrato nos está haciendo abandonar el blog y las ganas de comunicarnos a través de él. Me imagino que es más bien la falta de tiempo y, quizá, el miedo del escritor ante la pantalla en blanco.

Por eso preguntaba @1libro140 si sería mejor empezar con otro ejercicio más sencillo, a lo que @xurxosanz ha respondido rápidamente si servía el divertido retrato que había hecho de su nueva plancha:

@1libro140 yo he retratado una plancha, ¿os vale? jorgesanz.net/2013/05/02/unb…

— Jorge Sanz (@xurxosanz) May 4, 2013

A ver si nos animamos. Con frecuencia, la inspiración surge de las cosas más mundanas.

Escribe un retrato

¿Nos atrevemos?

Un hombre, una pasión

Mr Gwyn refleja cómo los humanos no podemos dejar de hacer aquello por lo que sentimos una gran pasión. Sin embargo, en la vida, hay momentos en los que no le vemos sentido a algo que hemos estado haciendo durante años y que nos ha definido, por lo que de repente, hay que realizar un cambio, quizá hasta drástico. O morir.

Mr Gwyn decide cortar con su pasión, la escritura, pero pronto se da cuenta de que no puede vivir sin ella. Por suerte, como pasa a menudo en la vida real, se encuentra con alguien que le da una idea para volver a retomar su pasión pero sin que sea exactamente lo mismo. Y la inspiración para hacerlo. No sólo se trata de una nueva técnica —la de copiar personas— sino también de una nueva forma de creación y distribución: se escribe por encargo y sólo para el disfrute de la persona que ha pagado el trabajo.

Interesante. Los que alguna vez hemos intentado escribir somos conscientes de que en muchas ocasiones hay textos que escribimos para los ojos de una sola persona, pero al publicarlo se convierte en algo que puede llegar (en todos los sentidos) a muchas más. Es en este diálogo entre el lector y el texto cuando nace realmente la obra literaria, una y mil veces. En Mr. Gwyn se introduce, pues, la idea de que este diálogo no puede estar al final limitado a dos personas. La obra literaria, por más que nos empeñemos, siempre se desliga de los deseos de su autor.